“¿Qué es lo que diferencia a un ilustrador auténtico de uno cualquiera?”

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Al mismo tiempo decidí que aquella era la última vez que veía vivo al gran maestro y le hice una pregunta deseoso de gustarle y agradarle:

—Gran maestro, señor, ¿qué es lo que diferencia a un ilustrador auténtico de uno cualquiera?

Creía que el Gran Ilustrador, acostumbrado a ese tipo de preguntas un tanto aduladoras, me daría una respuesta evasiva si es que no se había olvidado ya por completo de mí.

—No hay un criterio único que permita diferenciar al auténtico ilustrador de aquél que no tiene habilidad ni fe —respondió muy serio—. Cambia según la época. No obstante, son importantes la destreza y la moralidad con la que se enfrentará a los malvados designios que amenazan nuestro arte. Para comprender hoy hasta qué punto es auténtico un joven ilustrador, yo le preguntaría tres cosas.

—¿Cuáles?

—Influido por los chinos y los francos, ¿insiste en tener unas maneras personales, un estilo propio, según las nuevas costumbres? Como ilustrador, ¿pretende tener unas formas que le distingan de los demás, un talante particular y además intenta demostrarlo firmando en algún lugar de su obra como hace los francos? Para comprenderlo, primero le preguntaría sobre el estilo y las firmas.

—¿Y después? —le pregunté respetuosamente.

—Después me gustaría saber qué siente ese ilustrador cuando los shas y sultanes que nos han encargado los libros mueren y los volúmenes cambian de manos, son hechos pedazos y las escenas que hemos pintado se usan en otros libros y en otros tiempos. Es algo tan sutil que precisa una respuesta más allá de alegrarse o entristecerse. Así pues, le preguntaría sobre el tiempo de la pintura y sobre el tiempo de Dios. ¿Me entiendes, hijo?

No. Pero no se lo dije y en su lugar le pregunté:

—¿Y tercero?

—¡Lo tercero es la ceguera! —me contestó el Gran Maestro y Gran Ilustrador Osman, y guardó silencio, como si lo que acababa de decir fuera algo tan evidente que no necesitaba el menor comentario.

—¿Qué tiene que ver la ceguera? —pregunté avergonzado.

La ceguera es el silencio. Si unes las dos preguntas que acabo de hacer surge la ceguera. Es lo más profundo de la pintura, es ver lo que aparece en la oscuridad de Dios.

ME LLAMO ROJO (11. Me llamo Negro) – Orhan Pamuk

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Acerca de roberto dos santos gonçalves, escultor [en Blog]

Arquitecto - Artista Visual (Escultor en Cerámica y Vidrio) www.robertodossantos.net
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