Ayn Rand: El impreciso término “prestigio”

2014 Jardín 007 WP

El socialismo no es un movimiento popular. Es un movimiento de los intelectuales, originado, dirigido y controlado por ellos desde sus torres de marfil y llevado a cabo en sus sangrientas prácticas, donde se unen con sus aliados y ejecutores: los malhechores.

¿Cuál es, entonces, el motivo que mueve a esos intelectuales? El ansia de poder, ansia que es la manifestación de su frustración, de su odio a sí mismos y del deseo de lo que no han ganado.

Este deseo de lo que no se ha ganado tiene dos aspectos: lo inmerecido en cuanto a la materia y lo inmerecido en cuanto al espíritu. (Al decir “espíritu” me refiero a la conciencia humana.) Estos dos aspectos están necesariamente interconectados, pero el deseo de una persona puede estar enfocado predominantemente en uno u otro. El deseo de obtener lo inmerecido en cuanto al espíritu es el más destructivo y el más corrupto. Es el deseo de la grandeza inmerecida y se expresa (sin definirse) por el impreciso término “prestigio”.

Los que buscan obtener beneficios materiales inmerecidos no son sino parásitos financieros, pordioseros, saqueadores o criminales, demasiado limitados en número y en capacidad mental para significar una amenaza mayor para la civilización, hasta que quienes buscan la grandeza inmerecida los dejan en libertad de acción y les confieren legalidad.

La grandeza inmerecida es un concepto tan irreal y neurótico que el miserable que la ansía no puede reconocer su naturaleza ni siquiera ante sí mismo: reconocerla la haría imposible. Necesita los eslóganes irracionales e indefinibles del altruismo y del colectivismo para dar una forma semiplausible a esa urgencia sin nombre, y poder así afirmarla en la realidad, más para sostener su autoengaño que para engañar a sus víctimas. “El público”, “el interés público”, “el servicio del pueblo” son los medios, las herramientas, los péndulos oscilantes de la autohipnosis de los que codician el poder.

Dado que no existe una entidad tal como “el público”, dado que éste no es sino una cantidad de individuos, todo conflicto presunto o implícito entre el “interés público” y los intereses privados significa que deberán sacrificarse los intereses de ciertos hombres en favor de los intereses y los deseos de otros.

Puesto que el concepto es tan convenientemente indefinible, su uso depende sólo de la habilidad de una pandilla que proclama: “El público soy yo” y sostener esa aseveración con el uso de la fuerza. Ninguna afirmación de esa índole ha podido, ni puede, sustentarse sin la ayuda de un arma, es decir, sin usar la fuerza física. Por otra parte, sin esa aseveración los criminales permanecerían en el lugar al que pertenecen: el bajo mundo, y no podrían alcanzar los estratos de los consejos de Estado para regir los destinos de las naciones.

Existen dos maneras de proclamar: “El público soy yo”; una de ellas es la que practica ese parásito groseramente material que reclama dádivas gubernamentales en nombre de la necesidad “pública”, y así se apropia de lo que no ha ganado; la otra forma es la que practica su líder, el parásito espiritual cuya ilusión de “grandeza”, como la del cómplice que reduce bienes robados, deriva del poder de disponer de aquello que no ha ganado y de la mística imagen de sí mismo como la encarnación de la voz del “público”.

De los dos, el parásito material es psicológicamente más sano y se encuentra más cerca de la realidad; al menos utiliza su botín para alimentarse y vestirse. Pero la única fuente de satisfacción abierta al parásito espiritual, su único medio para ganar “prestigio” (aparte de impartir órdenes y difundir el terror) es la actividad más dispendiosa, inútil y carente de sentido: la construcción de monumentos públicos.

La Virtud del Egoísmo (Los Constructores de Monumentos) – Ayn Rand

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Acerca de roberto dos santos gonçalves, escultor [en Blog]

Arquitecto - Artista Visual (Escultor en Cerámica y Vidrio) www.robertodossantos.net
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